Verónica Rasquin

Verónica Rasquin

Desde los 5 años, tengo una pequeña cicatriz en la cara debido a un accidente de tránsito.  El médico le dijo a mis padres que con el tiempo se borraría y que prácticamente para mis 15 años ya no quedaría ni rastro. Pasó todo lo contrario. Hice queloides y la cicatriz en vez de disminuir, aumentó de tamaño con el crecimiento de mi rostro y su color se tornó más oscuro haciéndola mucho más visible.

Al principio no me afectó tanto. La gente trataba de limpiarme lo que pensaban era residuos de chocolate o pintura de labios en mi rostro, pasando vergüenza cuando se daban cuenta que era una cicatriz.
Entrando en la adolescencia, me tropecé con un chico a quien le dió por llamarme “Scarface”. Lo odiaba. Por supuesto, a esa edad cualquier cosa que te digan te acompleja. Afortunadamente, en mi casa siempre me dieron mucho apoyo para que esas cosas no me afectaran.

En esa misma época decidí ser modelo. Me preparé y entré en una agencia de modelos. Después de asistir a algunos castings con muy poca suerte, recuerdo que un día la dueña de la agencia me dijo: “Lo que pasa es que con esa cicatriz en la cara tú no puedes hacer muchos comerciales, menos de cremas y de piel. Osea, prácticamente nada que tuviese un close up. Mejor rebaja un poco y métete a modelo de pasarela que ahí no se verá mucho”.

Frustrada con aquel comentario seguí por otro camino. Comencé a entrenar para ir al Miss Venezuela. Días antes de la presentación ante el organizador de ese evento, el Sr. Osmel Sousa, desistí. Tuve miedo que me viera y dijera todos los defectos que me tendría que operar, que si la nariz, los senos y sobretodo, la famosa cicatriz.

Tuve un novio que me dijo: “Por Dios cómo te vas a quitar esa cicatriz, ese es tu gancho! Es parte de tu personalidad”. No se si fue para que desistiera en entrar al Miss Venezuela o porque era verdad, pero honestamente creo que tenía razón. Toda la vida había tenido mi cicatriz y efectivamente reflejaba mi personalidad, sin embargo, no quería que fuese una limitante para alcanzar mis sueños.

Cuando tenía 16 años,  me llamaron para que asistiera a un casting para ser animadora del programa “El Club Disney”.  Recuerdo que estaban los modelos más bellos de los comerciales. Yo no lo podía creer, incluso me preguntaba a mi misma que carrizo hacía yo ahí. Al llegar a maquillaje recuerdo que le dije a la maquilladora “No se cómo vas a hacer pues tengo tremenda cicatriz”. Creo que sabía lo acomplejada que me sentía y me dijo: “ No niña, eso no es nada! Eso te lo tapo yo en un momentico y no se te va a ver nada! La televisión es mágica”. No lo podía creer, pero era verdad. Cuando me ví en el monitor me di cuenta que no tenía nada. Fue tanta mi alegría que creo que logré trasmitirla y por eso gané el casting. De ahí en adelante utilicé la cicatriz a mi favor.

He tenido la oportunidad de hacerme tratamientos y cirugías para eliminarla, pero ella es parte de mí. A veces siento que con el tiempo incluso se ha borrado sola, pero ya no es algo en lo que pienso. Para los castings la aprendí a maquilllar y nunca se ve. Aunque cada vez que tengo la oportunidad de mostrarme tal cual soy para programas o entrevistas en televisión, dejo ver mi marca que definitivamente es reflejo de mi personalidad.

Hoy en día, tengo casi 18 años trabajando en la televisión en diferentes programas. Con la satisfación que he realizado más de 40 comerciales incluyendo campañas de cremas y ¡muchos close up!.

Gracias a Dios la cicatriz ya no es una limitante y ha pasado a un segundo plano en mi vida. Incluso es el  ¨gancho¨ que ha atrapado a más de uno! ¡Jajaja!

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